Mayerlis Angarita Robles, líder de víctimas de los Montes de María –territorio del Caribe colombiano conformado por 15 municipios de los departamentos Bolívar y Sucre–, es una de las fundadoras y la actual directora de Narrar para vivir, un colectivo de mujeres víctimas de la guerra. Nació y ha vivido buena parte de su vida en San Juan Nepomuceno –pueblo de poco más de treinta mil habitantes ubicado a una hora y media al suroriente de Cartagena de Indias–, de donde ha tenido que salir varias veces por amenazas contra su vida. Es activista desde la adolescencia, se vinculó a Redepaz, la Red Nacional de Iniciativas Ciudadanas por la Paz y contra la Guerra, luego de que grupos paramilitares –ejércitos ilegales de ultraderecha– desaparecieran a su madre y desplazaran a su familia. En el 2000, junto a Eleida Leiva y Katrin Martínez, fundó Narrar para vivir, organización que mediante los relatos y el trabajo comunitario ayuda a las mujeres a superar las secuelas de la guerra, a rehacer sus vidas y a ser autónomas. En el 2015 se lanzó como candidata a la alcaldía de San Juan, y enfrentó a los candidatos de los caciques políticos, hizo proselitismo y ganó adeptos. En víspera de las elecciones le hicieron un atentado, el tercero a sus 35 años, que cambió el curso de la elección porque atemorizó a sus seguidores y sirvió para que su campaña fuera estigmatizada. Desde hace varios años, por los riesgos que su liderazgo, sus denuncias y su trabajo con las mujeres le han traído, tiene un estricto esquema de seguridad estatal –escolta permanente de tres hombres armados con una camioneta blindada–. Representa a las mujeres víctimas de la guerra en la instancia de género que vigila la implementación de los Acuerdos de Paz entre el gobierno colombiano y la guerrilla de las FARC.

La niña, indígena Zenú, nacida y criada en una vereda de San Andrés de Sotavento, Córdoba, en el Caribe colombiano, sale de su casa un día de sus 14 años a hacer un mandado que le encarga la madre. Por el camino, en un paraje entre veredas, se encuentra con dos hombres armados –guerrilleros, sabrá después–, con la cara tapada. La amedrentan con una pistola, la doblegan, la violan.

La niña estudia y quiere seguir estudiando en un colegio de monjas.

Dicen luego los paramilitares que un amigo de ella es guerrillero. “Pero él no era nada, él solamente era un estudiante”. Dicen que ella era la mujer de ese guerrillero. “Pero yo no era mujer de ese hombre”. Dicen los paramilitares que han visto a los guerrilleros dejar a veces la ropa para lavar en la casa de la madre. Entonces buscan a la niña, la golpean, la torturan.  

En 1993 tiene su primera hija, María Alejandra. En 1995, la segunda, Aida Marcela.

Quince años después la mujer llega a vivir a los Montes de María. Al poco tiempo saldrá desplazada. Se queda un día sola en la finca donde vive. Llegan los guerrilleros, la violan otra vez los guerrilleros. La mujer calla, ni al esposo ni a la madre se atreve a contarles. Si habla la matarán, le dicen. Está embarazada, come mal, pasa los días llorando, tiene un aborto.

La mujer lava, plancha, donde le salga trabajo, para ganarse la vida.

Yarima de Jesús Sierra Peñarte, indígena Zenú, nacida y criada en una vereda de San Andrés de Sotavento, Córdoba, vejada una y otra vez por los guerreros de la guerra colombiana, se entera un día de que las mujeres de los Montes de María se reúnen en Narrar para vivir, y conoce en el 2006 a una de sus fundadoras, Mayerlis Angarita Robles. Como Yarima, 840 mujeres montemarianas llegan a saber de Narrar para vivir, y sus vidas de mujeres vejadas por los guerreros de la guerra colombiana cambian.

Yo buscaba a las mujeres de pueblo en pueblo, algunas tenían miedo cuando les hablaba porque acá a uno lo buscan es para matarlo. Tocaba la puerta y me presentaba: “mucho gusto, yo soy Mayerlis Angarita, queremos reunir a las mujeres para hablar de lo que nos pasa… y también de proyectos productivos”. Nos encontrábamos en los patios de las casas, o si era en público, hacíamos una ollada comunitaria, un sancocho, unas bolitas de chocolate. Eran reuniones clandestinas, muchas veces había toque de queda desde las 6 de la tarde, y los grupos armados solo nos dejaban reunir porque creían que estábamos haciendo “cosas de mujeres”.

Si decíamos algo de la guerra se consideraba que éramos de algún bando o que hicimos algo que justificaba que nos hicieran daño. Por eso el primer debate que tuvimos fue si debíamos llamarnos red de mujeres –contra la cultura patriarcal tradicional– o red de mujeres víctimas –por los derechos de las mujeres vulnerados por los actores armados–. En realidad, éramos una red de mujeres víctimas pero si nos preguntaban decíamos que éramos la red de mujeres para poner un galpón de pollos.

Narrar para vivir, nuestra organización, nace en medio de una espiral de barbarie, por una necesidad de contar que teníamos las mujeres víctimas del conflicto. No sabíamos aún qué era la narrada, qué sería, sino solo que servía para contar aquello que no se podía decir. Esa fue la primera etapa, pero Narrar ahora no es solo para hablar y sanar las heridas; luego nos formamos, y luego vienen el empoderamiento –que las mujeres exijan sus derechos y denuncien–, y la incidencia frente a las decisiones del Estado, que, ya yo aprendí, es sobre todo política, aunque sea más riesgosa la política que la guerra, porque ahí se toman las decisiones, se transforma con la política.

Lo aprendí porque después del segundo atentado conocí a Michel Bachelet, la presidente de Chile: “Mayerlis –me dijo en una cumbre de mujeres en Bogotá– si usted quiere realmente transformar tiene que llegar al poder, si las mujeres no llegamos al poder vamos a seguir cargando maletas”.

Cuando en 1989 Beatriz Suárez –muchos años antes de ser una de las líderes de Narrar para vivir– iba a tener a Antonio, su tercer hijo, una mujer en el hospital le dijo: “mija, ruégale a Dios que sea una niña porque a los hombres los están matando y esto se va a poner peor”. Fue la primera vez que supo de violencia en los Montes de María, en su pueblo, Carmen de Bolívar.

Una década después la guerra se había instalado en la región y el augurio de una vida tranquila para las mujeres nunca llegó a cumplirse. Como explica Claudia Mejía, directora de la ONG Sisma Mujer, “los Montes de María es una de las regiones más duramente afectadas por la guerra, en particular las mujeres, por la manera desproporcionada como se ejerció la violencia de género contra sus vidas, contra sus cuerpos, violencia sexual en sus múltiples expresiones: violación, esclavitud sexual, aborto forzado, con secuelas muy fuertes para su identidad, para su estabilidad y para su proyecto de vida”.

De acuerdo con el Informe Mujeres y Guerra del Centro Nacional de Memoria Histórica, durante los años 1997-2005 las Autodefensas Unidas de Colombia –ejército ilegal de extrema derecha creado en principio para combatir a las guerrillas– abrieron la llamada “ruta del terror” por la región Caribe como parte de un plan de expansión y consolidación de su proyecto paramilitar. Y agrega enseguida el Informe: “la sevicia desplegada no fue accidental”.

En el 2000, el año más violento, las AUC cometieron 83 masacres en la región, de las cuales 20 ocurrieron en los Montes de María. En promedio, la tercera parte de las víctimas de atentados y de torturas y violencias sexuales en el Caribe fueron mujeres, cifras que se duplicaron en los peores años (1997 y 2005). Las denuncias, según reseña el Informe, representan apenas un 5% de los casos. Y “muchas de las víctimas femeninas respondían a un perfil emblemático-representativo, es decir, cumplían un papel aglutinador en sus comunidades”. Es decir, son –o fueron– mujeres como Mayerlis Angarita Robles.

En el 2000 teníamos miedo de hablar, en el 2003 ya hablábamos, en el 2005 decimos somos víctimas y empezamos a exigir justicia con nombre propio y señalamos a los paramilitares.

Hasta el 2013, cuando exigimos ser reparadas colectivamente, habíamos sufrido 36 agresiones. Los líderes de víctimas hemos sido etiquetados de guerrilleros, pasamos escondidos como el armadillo, nos volvieron objetivo militar. En Narrar para vivir fuimos perseguidas, señaladas incluso por el gobierno. Por eso aprendí a moverme como guasarapo en agua caliente, dormía esta noche aquí, esta noche allá, con mis botas y mi morral. No tenía mis niños aún. En el 2012 había comenzado a estudiar derecho, tenía estabilidad, y de pronto un día amanecí con la ropa puesta, lista para salir huyendo porque me hicieron un atentado. Mi papá se tuvo que ir, mis hermanos me señalaron por tener que irse. Me retiré de la universidad, me decían que yo ponía en riesgo a mis hijos, que yo tenía que estar era en la cocina.

En las audiencias de Justicia y Paz –modelo de justicia transicional creado dentro del proceso de desmovilización de los grupos paramilitares durante el gobierno de Álvaro Uribe–, después de horas, los victimarios le decían a la gente “pues yo maté a ese, que era guerrillero”, y era como si dijeran “pues yo maté a un perro”. O tenían un discurso aprendido de memoria, como –el comandante paramilitar– Salvatore Mancuso. O la pasaban mirando el celular, mamando gallo. Era una cosa horrible enfrentarse al victimario sin preparación, sin acompañamiento. Las víctimas no teníamos ni para una bolsa de agua, y viajábamos a Barranquilla, a Cartagena, a Bogotá, a escuchar eso.

En la práctica estaban revictimizando a las mujeres, pero no podía decirles no vayan, la que decidía ir la acompañábamos. Del proceso de Justicia y paz lo único que puedo rescatar es que las víctimas nos atrevimos a decir que existíamos.

Mayerlis Angarita no dice “hay un manto de duda sobre la desmovilización de los paramilitares”; dice en cambio “no se desmovilizaron todos los que eran, las armas no las entregaron, aquí siguen las bacrim, el neoparamilitarismo”. Mayerlis Angarita no dice “preferiríamos que la atención a las víctimas no sea condescendiente”; dice en cambio “no somos las pobrecitas víctimas, somos sujetas de derechos”. Mayerlis Angarita no dice “nuestro presupuesto para la logística de las elecciones es limitado”; dice en cambio “en esta campaña no va a haber ron para nadie. ¿Que hay que dar 50.000 por voto y plata para las motos? No, el que quiera votar que vote, el que no que vaya a donde le den los 50”.

Mayerlis Angarita habla duro, sobresale en el tono, en la convicción. Las reacciones frente a la fuerza de su discurso van del mero rechazo a las amenazas, o incluso, como ocurrió en la campaña por la alcaldía de San Juan, han llegado a los atentados contra su vida. Sandra Sánchez, historiadora y analista de medios especialista en género, explica: “esa fuerza-pasión que la lleva a ella a trasgredir los parámetros de comportamiento –no porque sea mujer sino porque es mujer en una sociedad con un imaginario de cómo debería hablar una mujer– importa no solo porque sostiene su liderazgo sino porque le muestra a otras mujeres lo que podrían hacer, o cómo hacerlo, y cambia su idea de quiénes pueden ser ellas también, es decir, desestabiliza paradigmas”.

¿Cómo ha impactado el talante, el liderazgo, la convicción de Mayerlis Angarita en las mujeres de Narrar para vivir?

El día que a Yarima Sierra le pidieron pintar una máscara por fin lloró, le puso clavos, le llenó la boca de grapas. En ese taller de máscaras en San Juan Nepomuceno contó por primera vez en público que había sido violada. En el 2013, desconocidos intentaron violarla de nuevo. Esta vez acudió a Mayerlis, a Eleida, a Katrin. La acompañaron, la llevaron a Barranquilla y denunciaron. En el 2014, probablemente como represalia por su denuncia, quemaron la casa donde vivía en el barrio Villa Esperanza. Volvió a levantarla, siguió trabajando con las mujeres: “en Narrar he encontrado la fortaleza que no tenía, aquí decían, decimos, que teníamos que narrar para poder vivir, a uno no se le olvidan las cosas pero cuando las cuenta descansa un poquito; ahora tenemos un proyecto, primero de maíz, después de gallinas, de hortalizas, y ahora de ganadería, vamos bien, desmontando, trabajando, despacio”.

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Uno comienza a hablar con la gente de paz en un taller, y si tienen hambre, si están sin almuerzo o desayuno, en vez de escribir paz, escriben pan. Porque la paz sin pan no existe, la paz sin acabar con la pobreza no va. No es que se desmovilizó la guerrilla y ya. Las mujeres también lo dicen a veces: que van de taller en taller como carro viejo, que esa formación es buena pero que la comida para los hijos cómo se consigue. Por eso es una necesidad generar empoderamiento económico. Así se elimina la violencia contra la mujer. Cuando la mujer tiene para comprar sus toallas higiénicas y para darle la merienda al niño es autónoma, puede tener incidencia en las decisiones de la familia. Lo hemos hecho en San Juan con proyectos productivos, como capacitaciones en talleres de costura.

Nosotras construimos la paz desde que creamos Narrar para vivir, incluso desde antes, cada una en su casa, con el activismo, pero cuando nos juntamos fuimos más visibles para la resistencia. Hemos ido creciendo en formación, en el espíritu. La Mayerlis de hace 18 años no se parece a la de ahora, yo era bastante fuerte en el discurso y en la incidencia, si tenía que ir a bloquear una vía la bloqueaba, hasta que dije no, no me caben más piedras en la cabeza. Sí hay momentos en que me indigno y digo “algo hay que hacer para que nos escuchen, para que nos vean, no pueden seguir pasando por encima de nosotras”.

Por eso cuando empezó el proceso de paz de La Habana dijimos “la paz no puede construirse sin las mujeres, si nos tomaron como botín de guerra también nos tienen que tomar ahora como protagonistas de la paz”. Narrar estuvo entre las 18 organizaciones de mujeres que llevaron sus aportes a la subcomisión de género. Es la primera vez que se crea una instancia especial de género para garantizar que lo que quedó en los acuerdos se haga en la implementación. Y yo tengo ahora la representación de esas cuatro millones de mujeres víctimas de la guerra. Esta es una conquista del movimiento de mujeres. No nos lo dio ni el gobierno ni la guerrilla. Fuimos nosotras.